Hubo que esperar. En su modesto taller el tiempo parece no transcurrir. Los rostros de sus obras, arte de técnica milenaria, evocan ternura y mueven a la piedad. Inés Makarchuk, (para muchos de su entorno Celina), 56, iconógrafa de imágenes con valores místicos y sobrenatural, y una expresión de dos mundos.
El taller se oscurece y ella parece descender del Tabor. En su rostro se conjuga una infinita luz y el cansancio de un físico débil. Contagia con su paz.
Mediana, de hermoso porte, ojos claros, cabellos rubios, con una fuerza de voluntad a toda prueba, es un puente que une la tierra con la inmensidad, para ella, un icono es la representación de lo divino puesto en imagen. Una presencia de lo sagrado: "Lo que el Evangelio proclama con las palabras el icono lo anuncia con sus colores”, afirma.
Su primera obra fue un icono de Cristo porque: “Por medio de la Encarnación, elPantocrátor (Señor Dios), se hace imagen de Dios”. De todas sus obras la que más le impacto fue el icono de la Transfiguración del Señor. Esa belleza del misterio del monte Tabor, transformó su interior. “Sentí en mí algo semejante a la vivencia que tuvieron los discípulos de Jesús en la santa montaña", confiesa. Desde entonces, busca extender el reino de Dios: "Quiero que aquellos que contemplen los iconos puedan encontrarse con Dios y con María”, revela.
La emoción le invade cuando habla de su arte, pero nada dice sobre ella. En su profunda humildad esconde, con muchas horas de oración y ayuno, momentos que plasmaron en su alma los misterios insondables de la Teología, la Ascética y la Liturgia Oriental, reflejados en sus pinturas.
Nació en Misiones. Su madre Anastasia Golemba y su padre Esteban, ambos fallecidos, plasmaron en ella la riqueza de los valores y de la fe católica. Desde niña fue muy prolija, sencilla y emprendedora. "La conocí cuando tenía siete años, era una niña muy dulce, tranquila, profunda, con gran inclinación al recogimiento, alegre; su mirada irradiaba ternura", comenta su maestra, una religiosa Basiliana: Madre María Turkalo, de 87 años.
Por su parte, la hermana Ana (Verónica) Rotchen, O.S.B.M, de 69 años, profesora de Historia afirma: "Conocí a Celina cuando tenía 15 años, eran muy piadosa, de poco hablar y muy austera".
Celina tiene 56 años. Su fe, don que resalta, la transforma en una figura optimista.
Estudió Dibujo en el Instituto Antonio Ruiz de Montoya (Posadas), allí, conoció el arte oriental, pero más tarde, en Roma, adquirió conocimientos específicos sobre el aspecto sacro de los iconos. En Canadá un monje Studita le ayudo a crecer en el desarrollo de este arte. Después fue invitada a Estados Unidos donde pinto un iconostasio (conjunto de imágenes) y adquirió experiencia. En Eslovaquia pintó un iconostasio con 48 imágenes y seis iconos más.
En 1998, luego de estar diez años en el exterior, regresó a nuestro País y, fue a pintar la Catedral "San Wladimiro" de Posadas. "Mi gran deseo es que esta obra sea una Teofanía (manifestación) de Dios", dice.
Sus manos, como la de todo iconografo, y las herramientas de su trabajo, fueron bendecidas y la Iglesia le otorgó unos cánones o reglas a las que debe atenerse para que los iconos se mantengan en su carácter místico. Ella guarda celosamente ese mandato y advierte que no es posible analizar la estructura de un icono o su técnica como obra de arte ni hacer comentarios disociado de su valor espiritual.
Explica que los iconos son trabajados sobre madera de muy buena calidad, como roble o incienso porque la madera quedo sacralizada desde la muerte de Cristo. Sobre la madera coloca una capa de yeso y pega, con cola de conejo o de pescado, una tela de lino a la que unge varias veces con yeso y cola. Con un punzón talla la figura y recubre todo de oro. El oro es fundamental, afirma, porque encierra la luz Divina. Con esa luz, a modo de mirada creadora, comienza a plasmar los colores. Cada etapa de su obra es precedida por oraciones especiales en la que invoca la presencia divina. La obra termina cuando la Iglesia la aprueba y bendice.
Celina, hace de un breve silencio, pareciera que le costase hablar o, quizás prefiere que solos descubramos al Dios que se da a conocer en sus obras, luego agrega: “Lo más difícil es pintar el rostro porque en él se revela el misterio”. Pero sus obras de técnica milenaria mueven a la piedad. Son de miradas tiernas, misericordiosas, majestuosas y dulces.
En su taller el tiempo parece no transcurrir, allí pasa la mayor parte del día. Parece aislada del mundo pero comenta que le preocupa mucho los problemas de la sociedad; tanto que hay días que no puede pintar.
Amiga de Dios y de la humanidad. En sus obras va plasmando firmes huellas para los pasos inciertos. Un reflejo del más allá que ilumina las miradas a través de un instrumento o icono capaz de expresar lo que la Palabra no alcanza a concretar en el alma del creyente.
Hna. Mónica Jaciuk, OSBM
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